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21 mayo, 2012

Agustín Cueva: Los ardientes años que aún viven

Por: Abdón Ubidia

PROLOGO A "ENTRE LA IRA Y LA ESPERANZA": COLECCIÓN BICENTENARIO (Circuló con diario EL TELEGRAFO en el 2008)

      Lo que sigue no es el ensayo erudito y riguroso que merece la obra de Agustín Cueva. No faltarán estudiosos que lo trabajen con dedicación. Lo que sigue apenas quiere ser un testimonio, cálido y veraz de lo que Agustín es y ha sido, para nuestra generación, por casi tres décadas. Porque nosotros, los intelectuales que no hemos dejado de reconocernos, a pesar de estos tiempos conservadores, en las proclamas y las tesis de los años sesentas, que, por cierto, datan de mucho tiempo atrás (pues se activan y adormecen periódicamente conforme a precisos ritmos históricos), hemos visto, sin duda, en el más brillante de los ensayistas ecuatorianos, un líder nato del talento, un capitán espiritual, siempre avanzado y honesto.

Pero habría que empezar por el principio, en los tiempos en que Agustín Cueva se dio a conocer, al gran público, con sus ensayos sobre la realidad nacional y, por supuesto, con sus charlas y conferencias en los medios universitarios. Eran, como se ha dicho, los años sesentas. América Latina asomaba ante los ojos del mundo como el continente de la esperanza. El fantasma de la revolución la recorría por entero. Cuba, el Che, cien comandantes célebres trataban de asaltar el cielo. Es decir, de transformar la tierra. “Cambiar la sociedad y cambiar la vida”, era la consigna. Pero esos vientos libertarios, utópicos dicen ahora, no eran sólo sueños americanos. Un huracán de propuestas radicales estremecían, en verdad, el mundo entero: las luchas anticolonialistas del África, las luchas de los negros en USA (los Black powers); los hippies que rehusaban los chantajes de la sociedad consumista, los movimientos pacifistas, feministas y de las minorías postergadas; las guerras populares del sudeste asiático; la teología de la liberación, el mismo Papa Juan XXIII y el Concilio Vaticano Segundo; tantos y tantos sucesos históricos signados por la conciencia del cambio y la búsqueda de la justicia.

     En ese contexto, diverso y unitario a un tiempo, muchos se perdieron. Sea en cánticos desaforados e ingenuos sea en izquierdismos que, a la postre, lo único que lograron fue dividir la izquierda. Hacía falta una voz lúcida que señalara bien cuál era la realidad que había que cambiar, contra qué debíamos votar en contra. Esa voz fue la de Agustín Cueva.

En la mejor tradición de Mariátegui, Agustín se propuso estudios varios acerca de nuestra realidad. El enorme peso feudal de la Colonia, sus oscuras herencias, denunciados antes por la literatura de los años treintas y, hacia finales de los cincuentas, súbitamente revaluados por las grandes vacas sagradas de entonces, fueron señalados por Agustín, como los grandes culpables, en duros y brillantes ensayos publicados, en principio, en Indoamérica, la revista que dirigió con Fernando Tinajero; también en Pucuna, la revista de los Tzántzicos, y desde luego en las innumerables charlas del Café 77, y en los distintos foros universitarios y sindicales.

     Recién venido de Francia, dueño de una formación académica admirable, combinada el joven Agustín Cueva, un agudo talento, unas maneras ciertamente finas y, de otro lado, una fuerza interior que prefiguraba ya su estilo de siempre: el uso de ejemplos concretos, precisos y contundentes, que respaldaban cada una de sus afirmaciones, y desarmaran a sus adversarios.

Por todo ello fue, de un modo natural, el primer presidente de la Asociación de Escritores Jóvenes, que cobijó a algunos de los aquí presentes, en esos ardientes años.
En 1967, algunos de sus ensayos fueron recogidos en su primer gran libro: Entre la ira y la Esperanza.

     Obra de gran fórmula, mención indispensable para quien reseñe el ensayo ecuatoriano, audaz, irreverente, apasionada, publicada en ediciones ya incontables, fue para nuestra generación, un grito de guerra y una advertencia: el pasado impregnaba el presente, lo contaminaba y pervertía; la Colonia renacía de entre sus propias cenizas y se encamaba en los sombríos personajes que la añoraban. Aquello debía terminar de una vez por todas. Un ¡Basta! Inequívoco, brotaba de esas páginas luminosas, claras, que decían lo suyo con un estilo austero y directo, impecable, bien trabajado y lúcido en su fluida elegancia.

Que esa verdad pudo no ser “la verdad” única e inmutable, está fuera de discusión. Aquella era “una”, “nuestra” verdad, con fecha y circunstancias precisas, relativa como todo lo que a la verdad respecta. Con el correr del tiempo, algunos de nosotros, y en primer lugar el propio Agustín, hemos repensado algunas de sus afirmaciones y las hemos encontrado al menos apasionadas. No importa: en tiempos de urgencia e insurgencia no cuentan las precisiones: cuenta la actitud; cuentan los actos. Y en la actitud que transparentaba “Entre la ira y la Esperanza”, había una verdad profunda, irrebatible que avasallaba cualquier juicio particular y parcializado; cualquier apresuramiento o aparente falta de rigor.

     ¿Fue ese libro primordial, nada más que un síntoma de que el país de entonces, franciscano y conventual, semifeudal, atrasado y cavernario, estaba en vísperas de acabarse para siempre? ¿Fue Agustín apenas el heraldo de una catástrofe inevitable? ¿O contribuyó, en la medida de su alcance y posibilidades, a apresurar su fin? Una cosa es cierta: a partir de “Entre la ira y la Esperanza”, en el discurso intelectual ecuatoriano, desaparecieron y ojalá que para siempre, las tontas añoranzas a los tiempos coloniales que escritores como Gonzalo Zaldumbide nunca pudieron ocultar debidamente. Con ese libro empezó la carrera fulgurante de Agustín que se afirmó, de una manera incontrastable con “El proceso de dominación política en el Ecuador”.

A partir de entonces, profesor visitante de casi todas las universidades de nuestro continente, Agustín Cueva pasó a ser, a más de ecuatoriano, un latinoamericano lúcido que siempre tuvo la palabra justa, la réplica oportuna y el análisis riguroso, en cada uno de los difíciles momentos que la historia latinoamericana, nos ha deparado, sobre todo en los últimos tiempos.

     Entre mis colegas de generación, en el continente, e incluso más allá, porque las obras de Agustín Cueva han sido traducidas a varios idiomas –aun al japonés– habrá muchos que puedan decir juicios menos desatinados que los míos, al respecto del conjunto de su obra. Pues, libros fundamentales como “El desarrollo del capitalismo en América Latina”, “América Latina”, “La teoría Marxista”, son verdaderas joyas del rigor y la honestidad intelectuales. Yo prefiero volver sobre la figura que los hizo ser, sobre el hombre que hoy homenajeamos.

Entonces diré que en el plano personal y del grupo de amigos suyos, Agustín es una pieza imprescindible en nuestro mundo de escritores: una brújula certera, un guía necesario, el mejor de nosotros, el más calificado para pensar el arduo presente y decirnos una palabra esclarecedora sobre él. ¿En cuál de los temas que, por turno, nos obsedieron, no estuvo primero Agustín Cueva con su opinión decidida y clara? Porque no nos cansaremos de decir y repetir que mientras otros sociólogos se encerraban en un lenguaje crítico, oscuro, digno de los claustros a los que servían, y que, a duras penas, barroquismo de por medio, les ayudaba a ocultar mejor el vacío o la pequeñez puntual de sus preocupaciones, Agustín Cueva nunca perdió su claridad, su diáfana claridad, o mejor, la claridad de su extraordinario talento.

      Muchos fueron y son sus temas y los nuestros: la Colonia, el mestizaje, la cultura nacional, el arte, la literatura, la política, la sociedad, el imperialismo, los procesos de liberación, la crisis, el conservadorismo de la era Reagan ¿cuántos temas más del pasado, del presente, del incierto porvenir, no ocuparon y ocupan (como puede verse en las luminosas páginas de su trabajo más reciente: “América Latina”: el neoliberalismo sin rostro humano) su privilegiada mente?

Pero esa obra suya, caleidoscópica, totalizante, que mira hacia muchas partes sin perder jamás su centro, ha sido construida, paso a paso, como un gran edificio hecho para perdurar. Dos obsesiones la cimentan: la comprensión de la realidad –es decir, su diagnóstico–, y un afán justiciero y transformador. Muy pocas obras de nuestra historia reciente se habrán mantenido tan fieles a sí mismas, proponiendo siempre, repensándose y corrigiéndose, indagando nuevas perspectivas, en un firme movimiento en espiral que se ensancha tanto en la posibilidad de captar realidades más vastas, cuanto en los medios teóricos empleados para que ello sea posible.

     No faltarán quienes encuentren, en estos tiempos calificados de posmodernos, la coherencia, fidelidad, honestidad, o como quiera llamarse al apego de Agustín Cueva a las categorías marxistas, como un lastre anacrónico que poco tiene que decir en los momentos en que el “socialismo real” de los países del Este, se ha hundido y la propia URSS ya no existe. Quienes así piensan fallarán desde la base misma de sus precarias ideas. Principiando por el hecho de que la obra de Agustín tiene un sujeto cierto: América Latina, el continente cada vez más sumido en el tercer mundo, y, como dice el propio Agustín, “literalmente retrotraído a los tiempos del cólera”, y en donde resulta por lo menos irónico hablar de posmodernidad, cuando las más elementales conquistas de la modernidad son sueños lejanos.

De modo que más allá de la clara ideología de Agustín cueva, su obra –a pesar o mediante ella–, se propone una meta y la consigue: mostrarnos a nosotros mismos inmersos en una totalidad injusta que nos constriñe y condena y cuyos perfiles son del todo precisables.
Eso por una parte. Por otra ¿quién ha dicho que ese espíritu de los años sesenta, que invocamos al comienzo, y que se afirma y despliega en la obra de nuestro autor, haya sido condenado a una derrota irremisible? Aquello no es verdad. En principio, por el hecho de que revolución y reforma no son términos antietéticos sino complementarios, y la prueba es que toda revolución, acarrea, en otras latitudes, por un natural efecto de réplica, una cola de reformas que terminan por afirmar unas cuantas conquistas irrecusables. Y algo similar para incluso con las propuestas radicales que no lograron plasmarse en una realidad concreta y definitiva: es cierto que los panteras negras, de un lado, y Martin Luther King, de otro, fueron eliminados del escenario de USA, pero la situación actual de los negros norteamericanos no es la misma que la de hace 30 años, cuando los linchaban impunemente por el solo hecho de asistir a los sitios reservados a los blancos. Lo mismo pasa, en otros campos, con la situación de las mujeres, de las minorías, y ya en el ámbito continental, con el nivel de concientización que han logrado los pueblos indígenas, prestos ahora a defender sus derechos: a pesar de todo, algo ha cambiado en el mundo.

     Nunca nos cansaremos de repetir aquella frase con la que Herbert Marcuse terminó “El hombre Unidimensional”: “Es sólo gracias a la desesperanza que nos ha sido dada la esperanza”. El brillante trabajo de Agustín Cueva, hecho a lo largo de tantos años y que, ahora, tan superficialmente hemos recordado, parece corroborar esa afirmación: todos nosotros tenemos una clara conciencia de que “Los tiempos conservadores” empiezan a tocar fondo. Porque no sólo que no han resuelto los problemas del mundo sino que los han agravado. En este contexto, como siempre, la obra de Agustín Cueva nos resulta, pues, indispensable.

Agustín Cueva, presente

Por: Fernando Balseca
El Universo: 4 V 2012

      El Ecuador vive un tiempo en que se ha planteado con inmensa fuerza la profundización de cambios radicales largamente concebidos por las organizaciones populares y sociales, y que han sido recogidos, en buena parte, por el Gobierno nacional. Pero el impulsor de cualquier transformación es la gente común y sufrida (también sus intelectuales comprometidos), y no el ente gubernamental. Por eso es decisivo cuestionar a la élite política cuando se adueña del discurso del cambio ya que el poder lo institucionaliza todo y, así, los ideales se echan a perder porque el objetivo no va siendo recomponer la sociedad sino sostenerse en la dominación.

El libro Entre la ira y la esperanza, del ibarreño Agustín Cueva (1937-1992), que se publicó en 1967, tiene un esplendor y una vigencia impresionantes, porque en sus páginas palpita la espléndida intuición de que, para llevar a un país hacia una mejor situación de justicia y equidad, es indispensable, primero, modificar la mentalidad de la gente e incidir en su cultura y educación a partir de una crítica radical de las formas en que se usa y abusa del poder. Aunque su análisis nace de las letras y la literatura, Cueva realizó proposiciones que inciden en la comprensión política de la cultura y en la actuación política de nuestras comunidades.

    Muy preocupado por el devenir de la colectividad, observó que muchas costumbres heredadas de la colonia seguían presentes en las formas de actuar de las clases dirigentes. Por eso sostuvo con firmeza que el modo de pensar colonial –colonizador y colonizado– no había muerto entre nosotros. Esto lo escribió en 1967. En 2012, ¿ha desaparecido ya o sigue aún vivo y coleando cierto sustrato de prácticas coloniales? ¿No es la majestad del poder, a la que se apela ahora para acallar al contrario, un rezago más de la colonia? Al conmemorar los veinte años de la desaparición física de este pensador es fundamental actualizar sus planteamientos.

Cueva imaginó la cultura mestiza como expresión de una interculturalidad, pues señaló el imperioso requerimiento de destacar no solo lo diferente de un país sino la fusión de lo diverso en un todo orgánico y coherente; para Cueva, la sociedad entera debía expresarse en una estructura intercultural. Por eso cuestionó que nuestra cultura nacional estuviera hecha de retazos que no se conectaran armoniosamente entre sí. Sopesó el saber de los desposeídos, la fiesta serrana indígena, al emigrante en la ciudad… Y percibió que la inautenticidad nos castraba como pueblo. Según Cueva, nuestra cultura mestiza era débil porque lo popular no había sido reelaborado.

     Con seguridad hoy polemizaríamos con algunas puntualizaciones de Cueva con respecto del valor de literatos como Juan León Mera o los llamados poetas decapitados, pero no cabe duda de que fue un intelectual que se la jugó por entero, a lo largo de más de cuatro décadas, por conferirle al pensamiento social una solidez desde la teoría marxista. Así lo testimonian las recopilaciones recientes de su obra –con estudios de Fernando Tinajero, Alejandro Moreano y Juan Valdano– que han circulado dentro y fuera de nuestras fronteras. Rendir homenaje a Cueva exige leerlo no en el contexto del pasado sino en las circunstancias de hoy. Porque su voz está presente.

18 mayo, 2012

América latina en la frontera de los años 90


AGUSTIN CUEVA

Por: Carlos Calderón Chico.
Revista Diners N° 97. VI 1990.

     Nadie duda del carácter polémico de los ensayos del sociólogo Agustín Cueva. Cada una de sus obras está llena de originales enfoques en torno al pasado-presente de América latina. Es el caso de este libro. Los ocho capítulos tienen un denominador común: pasar revista a temas y problemas que gravitan enormemente sobre un continente cuyo destino parece mirarnos en función de su política aritmética.

Preocupación de Cueva es el  carácter maquillador de nuestras democracias, es decir que se pintan en función de los requerimientos del mandarín imperial. Democracias débiles que se reflejan en los bajos niveles de vida que los gobernantes establecen para sus gobernados. Allí están las causas del autoritarismo de nuestra dirigencia política, la misma que necesita del visto bueno del norte, para actuar en sus respectivas repúblicas.

     Cueva revisa con carácter polémico esa tea encendida que es la región centroamericana. Zona donde según algunos “politólogos”, el conflicto Este-Oeste, adquiere intensidad, cuando la realidad histórica confirma que es allí donde tiránicas formas de expresión política y social agudizaron los niveles de vida de grandes sectores de la población centroamericana.

Revelador resulta el análisis que realiza de los documentos de Santa Fe, I y II, de tanta gravitación en la política exterior norteamericana y cuyas nefastas influencias en nuestro continente se reflejan en las muertes sospechosas de dirigentes como Jaime Roldós y Omar Torrijos. Mirada maniqueista de quienes consideran que lo que es bueno para estados Unidos debe serlo para todo el mundo.

     Cueva destaca el hecho esencial de que las ciencias sociales deben recuperar el “objeto de estudio (sujeto histórico) con suficiente precisión metodológica”, como paso fundamental para rescatar un “perfil científico propio”. Además, con una lucidez sociológica, Cueva apunta sus reflexiones hacia lo que él considera una socialdemocratización de las ciencias sociales en América latina. Libro polémico, a veces cruel, pero de una sinceridad tan necesaria en estos tiempos socialdemócratas.

CONCURSO INTERNACIONAL DE ENSAYO “AGUSTIN CUEVA”


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REVISTA DE CIENCIAS SOCIALES N° 23.
Revista de la Escuela de Sociología y Ciencias Políticas de la UCE.
QUINCENARIO “OPCION” N° 97. XI 2005.

Importantes análisis y reflexiones sociopolíticas del país y de América latina, contiene la revista CIENCIAS SOCIALES N° 23 que ya está en circulación y disponible en las principales librerías del país.

Este nuevo número de la revista editorializa los 45 años de creación de la Escuela de Sociología. Trae los análisis de Napoleón Saltos y Pablo Celi acerca de la caída de Lucio Gutiérrez y la sucesión presidencial. Además, recoge tres de los seis trabajos ganadores de la primera edición del Concurso Internacional de Ensayo “Agustín Cueva”. Finalmente, reproduce un comentario sobre el último libro de Julio Echeverría.

17 mayo, 2012

Ser siendo


Agustín Cueva
(1937.1992)


Por:  José Steinsleger

Publicado en  Punto de Vista n° 527. Julio 13 de 1992

Agustín: el mundo que has dejado no es el mundo por el que luchaste. Y por esto nos hemos dado cita hoy para hablar de tu pensamiento en este subdesarrollado rincón del mundo en vías de subdesarrollo, renuentes a aceptar el desarrollo que nos proponen

     No me refiero solamente al desarrollo capitalista que nos involuciona sino también a ese otro desarrollo “socialista” en el que más de una vez nos entrampamos aunque intuíamos que nada tenía que ver con nosotros, latinoamericanos.

Fuiste un sociólogo serio, palabras que con seguridad podrían revolcarte en tu tumba. No era esto, lo se, lo que pretendías. Bueno: fuiste un hombre serio. Y creo que este adjetivo también podría inquietarte. Bueno, está bien: fuiste un hombre que pensó su mundo más allá de la aldea y que olfateó su tragedia a distancia, para ver más clara su perspectiva, nula fuera de la gran aldea.

    Un hombre que no creyó en la fatuidad de una sociedad institucionalizada. Y un hombre que creyó que navegar era necesario pero que teorizar sociológicamente no era necesario.

Un sociólogo, un intelectual y un estudioso de nuestras sociedades para develar el sentido vital de esta vida cada vez más y más empinada.

    Si tu palabra escrita fue transparente es porque esclareció, a prudente distancia de los neologismos y piruetas verbales de los societal (porque sabrás que desde la resurrección forzada de la momia de Weber conviene decir societal y no social para evitar la contaminación ideológica). Así, avanzaste hacia la síntesis cuando otros se resignaban al simple análisis. Y escogiste la cinematografía en cuanto nos proponían el retorno al daguerrotipo, con sus colores opacos, turbios, desdibujados y sepias.

Habías regresado de México, tu patria de adopción y satisfacciones para cumplir con el ritual del hijo pródigo. México, tierra de generosidad sin límites para todos los extranjeros de sus propias, que te abrazó sin complejos, latinoamericanamente.

    Pero regresaste con tu cáncer a cuestas. Y aquí, el cortesanismo social supo aliviar su complejo de culpa, retribuyéndote con el premio que ya no necesitabas. Un reconocimiento a todas luces insuficiente para ver si podíamos retenerte un poco más entre nosotros, a vos, que deberías estar en todos los libros de texto del país para que los jóvenes se decidan a transformarlo como a vos te fue imposible hacerlo.

Palabras leídas en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central, en el Homenaje a Agustín Cueva, el 25 de Julio de 1992.



16 mayo, 2012

Reconocimiento del Congreso en 1957



EL PRIMER CONGRESO DE SOCIOLOGIA ECUATORIANA

                                                               
                                                                 CONSIDERANDO:

Que el señor doctor don AGUSTIN CUEVA Y SANZ


Desde la cátedra que eficientemente regentara en la ilustre Universidad Central del Ecuador, fue uno de los primeros maestros de Sociología, considerándoselo, por lo tanto, como fundador de la cátedra de Sociología en una Universidad Ecuatoriana y,

Que es deber del Congreso enaltecer la memoria de quienes como el doctor Cueva y Sánz han prestado el valioso aporte de sus luces para la difusión de tan compleja disciplina,

                                                                     ACUERDA:

Recomendar a las actuales y futuras generaciones el nombre del doctor Cueva y Sánz como un adelantado de la Sociología en el Ecuador;


Tributar a su memoria un emocionado homenaje póstumo en la sesión de clausura del Congreso, haciendo entrega de este acuerdo autógrafo a su distinguida esposa, doña Rosa Dávila de Cueva; y

Publicar, además, este acuerdo en la Memoria del Congreso.

Dado en la Sala de Sesiones, a los veinte y tres días del mes de Mayo de mil novecientos cincuenta y siete.



                                     LUIS MONSALVE POZO                VICTOR LLORÉ MOSQUERA
                                    Presidente del Congreso                  Secretario General


Nota. Este acuerdo aparece en el tomo uno: “Memoria del primer congreso Ecuatoriano de Sociología”, editado por la Casa de la Cultura del Azuay, siendo presidente de la misma el Dr. Carlos Cueva Tamariz. El congreso se reunió los días 20 al 24 de mayo de 1957.

Adiós a un rebelde

PUNTO DE VISTA 518. 11 V 1992

Por: Patricio Ycaza


Agustín Cueva Dávila, nuestro mayor crédito en las ciencias sociales en los últimos veinticinco años, tras resistir una implacable enfermedad, murió el 1° como queriendo significar, en esa fecha símbolo de los explotados, que su vida fue una lucha en  favor de la dignidad del hombre. Con la ausencia física de Agustín la sentencia de August Spies, uno de los mártires de Chicago: “Salud, tiempo! Nuestra acción será más poderosa que nuestras voces que estrangulan la muerte!, adquiere toda su profundidad.

     Conocí a Agustín en Cuba, cuando ya era una de las prominentes figuras del pensamiento social contemporáneo, con ocasión de IV Encuentro de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC) efectuado en Bayamo en 1983. A un asiduo lector de sus obras como yo –libros de cabecera para nuestra generación como “El Proceso de dominación política en el Ecuador” que nos enseñó a indagar la complejidad de nuestro desarrollo histórico –no solo le impresionó su rigor científico sino su sensillez, no tenía la pose ni el engreimiento del intelectual infalible.

Lo vi por última vez cuando recibió el Doctorado Honoris Causa del CONUEP, decisión a la que no se sumó la Universidad Central, en una actitud inexplicable por parte de sus autoridades que seguramente ignoraban que fue fundador y primer director de su Escuela de Sociología y Ciencias Políticas. Me consternó ver que Agustín, con quien había compartido su vitalidad en el VI Encuentro de Historia organizado por la Universidad de Cuenca en Noviembre de 1989, tenía la dificultad para leer una de sus postreras reflexiones, escritas como siempre con intensidad y pasión.

Allí, sin abandonar el tratamiento apasionado y polémico de sus trabajos, que nunca produjo con menoscabo del rigor científico y del estilo exquisito, olvidado por sus colegas sociólogos que, salvo honrosas excepciones, hacen piltrafa nuestro idioma, cuestionó el contenido inhumano del neoliberalismo victorioso, que nos ha impuesto “la degradación económica que tiende inevitablemente a convertirse en sordidez moral”; asi mismo, llamó a superar  “la hora de la humillación” a la que nos ha conducido la actual crisis. A su juicio, las ideas de soberanía, de decoro y dignidad nacionales, no deberían convertirse en piezas de arqueología y agregó que hay que detener “la indignidad que se multiplica, como corresponde a una economía mercantil”.

     Otra de sus preocupaciones, ante el avasallamiento del pensamiento crítico y la “desmarxistización” de los intelectuales latinoamericanos, fue conminarnos a desarrollar una reflexión capaz de “ajustar seriamente cuentas con los nuevos amos ideológicos de la región”.
Igualmente exteriorizó su invariable antimperialismo, exigiendo que el Sur empobrecido no siga siendo “el gran perdedor de la contienda” y reclamando que “cese incondicionalmente las hostilidades del imperio contra Cuba, respete su soberanía y desocupe Guantánamo”.

La herencia teórica de Agustín Cueva es vasta, fundamentalmente sus aportes para aprehender “nuestra especificidad histórica”, pero lo que más trascenderá es su inclaudicable combate contra las causas de la insultante pobreza de nuestros pueblos. Como escribió en su temprano libro “Entre la ira y la esperanza”, aparecido en 1967, “la única posibilidad de redención del habitante ecuatoriano reside en el cambio radical de las viciadas relaciones sociales imperantes, a fin de que en las nuevas y más justas florezcan un hombre y una mujer auténticos”.

11 mayo, 2012

Recuperar a Agustin Cueva


Por: Francisco Hidalgo Flor
Semanario Punto de Vista n° 566. Abril 29 de 1993

Este interés latente por Cueva es muy significativo, pues demuestra que sus estilo punzante y vigoroso caló muy hondo

No solo en la intelectualidad, sino en la conciencia social de todos aquellos sectores que anhelan una  sociedad distinta al capitalismo que hoy impera en nuestros países.

Al conmemorarse el primer aniversario de su fallecimiento, bien vale recuperar sus textos y su trayectoria para ubicarlo como un referente para  el movimiento intelectual y cultural del Ecuador de hoy.

Existen opiniones en el sentido de que la muerte física de Cueva coincide con la muerte de su obra intelectual, al confluir ambos con el derrumbe de los regímenes de Europa del Este y una supuesta crisis del marxismo.

En primer lugar, Cueva abogó por unas ciencias sociales y una cultura crítica al sistema capitalista, con una perspectiva analítica,  totalizante y con una actitud radical; esta toma de conciencia entra en franca confrontación con la tendencia actual de que en las ciencias sociales debe primar la sobriedad, la búsqueda  de la “excelencia”, convirtiéndose éstas en apologías del sistema.

Esta definición del intelectual frente a su entorno económico-social sigue siendo plenamente válida, y más aún, es el único camino para desarrollar unas ciencias sociales ligadas a la necesidad de transformar estructuralmente a los países latinoamericanos; caso contrario, un trabajo intelectual delimitado en las coordenadas dictadas por la ideología dominante, del orden y la sujeción, apenas alcanzará al grado de amanuense de las verdades neoliberales de la metrópoli.

De esta actitud crítica nacieron, en su tiempo, textos que marcaron rumbos en el desarrollo del pensamiento ecuatoriano, como “Entre la ira y la esperanza”” y  “El proceso de dominación política en el Ecuador”.

En segundo lugar, Cueva fue un profundo crítico del sistema capitalista y partidario del socialismo como su alternativa. Desde esta ubicación, y en el afán de recrear las ciencias sociales, él adopta el marxismo: “Mi proceso de adhesión al marxismo obedeció, en proporciones probablemente equiparables, tanto a una opción ético-política como la fascinación por la única ciencia (el materialismo histórico) que jamás pierde de vista la totalidad del hombre y de su historia, que aspira siempre a reconstruir”.

Gracias a esta unidad entre la actitud crítica y su formación marxista tenemos textos como “El desarrollo del capitalismo en América Latina”, cuya lectura es hoy indispensable ante los procesos privatizadores que conducen a una mayor concentración del capital.

Precisamente por esa embestida neoliberal del capitalismo desprendido de su “Estado benefactor” es que los intelectuales no pueden desarmarse y dejarse caer de brazos, peor aún cuando la derecha conservadora va organizando y consolidando, ella si, sus núcleos intelectuales donde prima el dogmatismo del libre mercado.

Sin lugar a dudas le va a hacer mucho bien al movimiento intelectual ecuatoriano recuperar la obra de Agustín Cueva. Es necesario que se desarrollen esfuerzos significativos en esa línea, para alcanzar nuevos niveles en el desarrollo del pensamiento crítico, teniendo por norte un cambio estructural en nuestros países.